jueves, 22 de julio de 2010

Contra los imperios de toda laya




Por Pedro Armendariz

Detrás de la ruptura de relaciones entre los gobiernos de Colombia y Venezuela, se ve una vez más la mano dura, violenta, agresiva, de los Estados Unidos y sus aliados en Colombia y Suramérica.

Ha sido ahora, cuando se apresta a traspasar la presidencia de Colombia a Santos, que Uribe se embarca en la denuncia de supuesta presencia de campamentos de las Farc en Venezuela. Este hecho es evidentemente un gesto de negación extrema a la posibilidad de mejorar el panorama en el norte de Suramérica, en las relaciones entre Ecuador, Colombia y Venezuela.

Aquello es un polvorín. La mayor distorsión es la presencia, y además desmesurada, de tropas militares estadounidenses del norte en Colombia. Es el corazón del problema, porque los Estados Unidos, como lo demuestran sus ejércitos en Colombia, y próximamente en Costa Rica, es un país eminentemente guerrero. Le gusta la guerra, la práctica cada día a lo largo y ancho del mundo. Es el mayor escándalo de nuestro tiempo.

En Suramérica está en juego la libertad y la democracia. Y no habrá forma de construirlas sino es a través de los acuerdos entre los países. Acuerdos pacíficos, voluntarios, no nacidos como resultados de corrientes de fuerzas.

Y ante esto son los pueblos los que tienen que tomar la iniciativa. Pueblos en el sentido de la manoseada palabra gente. Personas, organizaciones sociales de todo tipo, grupos de estudio y reflexión, partidos, sindicatos, universidades, religiosos de todos los credos, colegios profesionales, etcétera, porque sino no hay salida posible.

Quienes están en los gobiernos debieran reconocer la necesidad de dar paso a la organización y participación de la llamada sociedad civil en el curso de las cosas.

Los gobiernos nos hacen creer todos los días que tienen todo bajo control, que están preocupados o trabajando en los problemas importantes de los países, procurando y haciendo realidad las mejores soluciones posibles.


Los países se arman, nos hablan de defensa y prevención, cuando la realidad es que lo que más anima la escalada es la corrupción, el lucro con el tráfico de compra y venta de esas armas. Ganancias millonarias en dólares. Otro de los más grandes escándalos de nuestro tiempo. En el caso suramericano es una doble aberración, entre países hermanos. Sólo los pueblos pueden terminar con este escándalo, como deberían hacerlo con la presencia de tropas de USA en el territorio suramericano.

Hoy, como lo señalan quienes aún no han perdido la razón y la consciencia, necesitamos como primera medida una revolución en el pensamiento y el sentimiento. Sin esta revolución nada podremos hacer, como es evidente. Hay que pensar y sentir frente a la realidad de otra manera. La puerta de este cambio la tiene cada persona. El problema es que no las abrimos, nos paraliza el miedo y los hábitos sicológicos y físicos. Sino entendemos que permanentemente tenemos también, y en primer lugar, que hacer un trabajo interior cada uno de nosotros en cuanto a lo que es nuestra relación con el mundo y la forma de enfrentarla, estaremos fritos. Esto las Izquierdas tienen que tenerlo muy presente. Se requieren cambios de estructuras sociales, también cambios de mentalidad y sentimiento.

No podemos hacer una revolución con odio, por ejemplo, como han pensado algunos que se dicen anarquistas y pregonan en sus almas jóvenes e idealistas que hay que quemarlo todo. El mundo ha llegado a un punto crítico tal, que sólo se resuelve con la energía del amor. Lo cual no quiere decir no luchar, mantener una actitud pasiva, esperando que todos seamos buenos. Amor en el sentido de lograr tal onda de sentimiento a la hora de definir en nuestra mente la línea de justicia que orienta lo que queremos hacer. La palabra amor en este puto mundo la tienen secuestrada religiosos blandos, corruptos, que se refocilan en sus privilegios en el actual desorden establecido que denunció el propio Concilio Vaticano segundo, hoy sumergido por los jerarcas de la Iglesia como se sumerge a un torturado en una bañera llena de agua.

A propósito del pedido de indultos a asesinos que mataron al amparo de la fuerza del Estado a personas que estaban indefensas en sus manos, uno no puede dejar de pensar que la actual directiva de la Iglesia Católica está dando palos de ciego para levantar su alicaída autoridad moral dañada por los escándalos sexuales. Ayudan a esos militares tan católicos que mataron en nombre de la patria, y sientan constancia y manejo del debate de los temas morales de la sociedad. En este caso nada menos que sobre el tema del perdón, la justicia y la reconciliación.

Están pidiendo clemencia y perdón para asesinos de verdad que jamás han reconocido, y menos pedido perdón, por los crímenes atroces y cobardes que cometieron. ¿Desde un punto de vista religioso, es perdonado el pecador sin mediar arrepentimiento? No. En todos estos años nunca he escuchado a un militar decir: “lo que hicimos fue una barbaridad criminal, me arrepiento profundamente”. Al contrario, están, al menos es lo que dicen, convencidos de que salvaron al país.

Lo más indignante, es que estos curas que piden indultos para esos militares, como Errázuriz y los otros, se atreven a plantear semejante propuesta a la sociedad sólo porque cuentan con el amparo del prestigio fundamental que alcanzó la Iglesia Católica en el país debido a su papel en defensa de los derechos de la persona humana y los derechos sociales durante la dictadura. Dictadura de la cual muchos de estos curas fueron cómplices, que también los hubo de sotana. Pensemos sino en Ángelo Sodano. El Cardenal Raúl Silva Henríquez estaba vetado en el canal 13 de la Universidad Católica. Muchos, muchísimos católicos apoyaron la dictadura, y muchos trabajaron en ella. Las actuales autoridades de la Iglesia lucran de aquel pasado, que paradojal y comprensiblemente se niegan a recordar y señalar como ejemplo de valentía y consecuencia moral.

miércoles, 21 de julio de 2010

JOSÉ SARAMAGO


Por Armando G. Tejeda (Columnista diario La Jornada de México)

Texto tomado del diario Fortín Mapocho


El niño de infancia pobre y pies descalzos, hijo de campesinos sin tierra; el comunista libertario que abrazó con igual intensidad sus ideales y las palabras, José Saramago falleció este viernes en su casa de la isla canaria de Lanzarote. Desde hace años padecía leucemia y las consecuencias de la edad, 87 años. Por la mañana se despertó, desayunó y charló con su mujer, Pilar del Río, sobre las novedades de este mundo “en crisis”, le empezó a doler un poco el pecho y, a las pocas horas y sin dolor, cerró los ojos.

Murió uno de los grandes escritores del siglo XX, un autor que escribió hasta su último hálito de vida, un novelista, poeta y ensayista que, además, ha sido el único literato portugués en recibir, en 1998, el Nobel de Literatura. Un comunista libertario que compartió con los indígenas mexicanos su hambre de justicia e igualdad.

A partir de 2007, cuando una neumonía lo puso al borde de la muerte, Saramago administraba su energía con celo: escribir y, si acaso, alguna salida extraordinaria para apoyar alguna causa justa –como ocurrió con la activista saharahui Aminatu Haidar, cuando ésta realizó una huelga de hambre– o para presentar sus libros más recientes.

Su convicción de “escribir para desasosegar” lo mantuvo siempre activo, ya sea adentrándose en esos universos literarios que creaba a partir de supuestos imposibles, con su blog personal o, incluso, en la redacción y firma de algún comunicado sobre uno de los graves y diversos atropellos que le tocó presenciar.Saramago vivió sus últimos años con el mismo ritmo de lectura y de escritura que cuando inició su andadura literaria, allá a finales de los años 60 –incluso “más”, llegó a contar Pilar del Río.

Fue un escritor “tardío” y autodidacta que nació en un recóndito pueblo de la provincia portuguesa, Azinhaga, en 1922, donde sus padres eran campesinos y analfabetos, incluido su abuelo, de quien heredaría su atracción por la cultura, el arte y la magia de las palabras. Pero también sus hondísimas convicciones políticas, rebeldes, la de esa clase obrera marcada por guerras y por hambrunas que asolaron a Europa en el siglo pasado, la de esos comunistas perseguidos por las dictaduras y el fascismo que mantuvieron viva la llama de su pensamiento. “He sido, soy y seré un comunista. Un comunista libertario”, repetía sin un ápice de resignación.

“Sólo yo sabía, sin conciencia de saberlo, que en los ilegibles folios del destino y en los ciegos meandros del acaso había sido escrito que tendría que volver a Azinhaga para acabar de nacer”. En esta frase, extraída del primer y único libro de memorias del Nobel, Las pequeñas memorias [Alfaguara], se resume el cariz con que Saramago afrontó la reconstrucción de su niñez, una época que, dijo, es la única que importa en la historia de los hombres, pues en ella forja el carácter, las filias y fobias de lo que somos después.

Y Saramago, después de esa niñez de hambre, frío y carencia, siempre bajo la severidad de un padre estricto y hasta cruel, empezó a recorrer su historia vital.

De joven fue, por supuesto, campesino, pero también fue mecánico automotriz, contador, vendedor de seguros, aprendiz de reportero y, finalmente periodista, como antesala a su oficio y “refugio” definitivo: escritor.

A pesar de que siempre había estado en la sombra, sobre todo como autor de poesía, Saramago era prácticamente desconocido hasta que, en 1982, publicó Memorial del convento.

A partir de ahí vendría una actividad literaria frenética, grandes títulos con escaso tiempo de diferencia, que a la postre se convertirían en el principal argumento para que fuera reconocido con el Premio Nobel de Literatura 1998.

Se trata de obras ya clásicas, como La muerte de Ricardo Reis, La balsa de piedra, El evangelio según Jesucristo y Ensayo sobre la ceguera. Tan crueles como Dios.

José Saramago no sólo fue un arriesgado militante del Partido Comunista portugués durante la dictadura de Salazar, sino también fue un escritor que suscitó, desde sus primeros libros, reacciones encontradas, en ocasiones ríspidas por su forma de narrar los acontecimientos.

En uno de sus últimos encuentros con la prensa en Madrid, en noviembre del año pasado, Saramago habló de lo que ya entonces parecía inminente y cercano, su propia muerte y sobre la idea cristiana de la pena eterna.“

La muerte no me importa. Pero sí me afecta desde un punto de vista muy egoísta, porque es finalmente el estar y ya no estar. Eso es la muerte: el haber estado y ya no estar. Que estaremos en la vida futura, puede que sí. Pero lo que no puedo aceptar es que alguien me diga que mis pecados los pagaré en el infierno y que ahí me quedaré por toda la eternidad. Crueles somos nosotros los hombres que concebimos la pena perpetua […] Tan crueles como Dios somos los seres humanos. La idea de que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza se invierte; nosotros hemos creado a Dios a nuestra imagen y semejanza.”

En ese encuentro también reveló una cuestión vieja y constante: “Hay una pregunta que persigue a los escritores, ¿por qué escribir? Como decía el filósofo griego el movimiento se demuestra andando, y la razón de escribir en el fondo no es más que eso: escribir. Pero hay otra pregunta más compleja, ¿para qué se escribe? Y eso depende del punto de vista. A lo mejor yo hace unos cuantos años no sabía decir para qué escribía, pero ahora lo tengo bastante claro. Yo no escribo para agradar ni para desagradar. Yo escribo para desasosegar. Algo que me gustaría haber inventado, pero que ya lo inventó Fernando Pessoa, El libro del desasosiego. Pues a mí me gustaría que todos mis libros fuesen considerados libros para el desasosiego.”

Los restos mortales de Saramago fueron velados en uno de sus últimos grandes proyectos, la Fundación José Saramago, con sede en la isla de Lanzarote y desde la que Pilar del Río pretende seguir difundiendo su palabra y pensamiento, su desasosiego. Un desasosiego que él mismo alimentó con sus hallazgos intelectuales, con sus máximas, como aquella que expresó con la voz entrecortada y una debilidad física que hizo sospechar a muchas personas que aquellas palabras pronunciadas en un homenaje en Madrid en noviembre de 2007 eran una especie de despedida, de epitafio en vida: “Si la belleza hubiese vencido a la barbarie, el mundo, quizá, hubiera tenido futuro”.

El gobierno de Portugal decretó este sábado y el domingo días de luto nacional en memoria del escrito.

De acuerdo con el diario español El País, José Saramago dejó unas 30 páginas de una nueva novela titulada Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas, en la que hace una reflexión acerca del tráfico de armas; y añade que el próximo libro que publicará Alfaguara se titula José Saramago en sus palabras; y en julio se estrenará el documental José y Pilar [unión ibérica] producida por Pedro Almodóvar y Fernando Meirelles, y dirigida por Miguel Mendes.

Fuente: Angélica Gallón Salazar -escribe para El Espectador-

martes, 13 de julio de 2010

Bicentenario en la Universidad Católica de Chile: Luchando contra el elitismo




Por Pedro Armendariz

El Bicentenario de la República encontrará en la Universidad Católica, antiguo bastión de la derecha gremialista, a una Federación de Estudiantes renovadora y vigorosa que exige cambios profundos. En noviembre de 2009 ganó, por segunda vez consecutiva en la FEUC, el movimiento de centro-izquierda Nueva Acción Universitaria (NAU) con el 55 por ciento de los votos. El presidente es Joaquín Walker Martínez, 26 años, estudiante de 5º año de derecho. Vivió su infancia en Coyhaique, donde cursó estudios básicos y medios. Es sobrino de los parlamentarios democratacristianos Ignacio y Patricio Walker. Pero el dirigente universitario tiene una sintonía política mucho más avanzada.
¿Cómo nació el movimiento Nueva Acción Universitaria?
“A fines del 2008 nos juntamos un grupo que teníamos cierta afinidad política y que nos reuníamos en el Consejo de Presidentes de Centros de Estudiantes de la UC. Pensamos hacer algo juntos pero al principio éramos sólo cinco personas. Empezamos a crecer y decidimos postular a la Federación de Estudiantes, entonces en manos del gremialismo. Salimos con mucha fuerza y convicción a los patios, haciendo una campaña bastante épica que fue entusiasmando a muchos con la política universitaria. Ganamos la Federación en la segunda vuelta con el mayor número de votos en la historia. Estuvo tan bien el desempeño de esa directiva, que volvimos a ganar el 2009 por más de mil votos, en primera vuelta”.
¿Qué relación tiene el NAU con los partidos? ¿Usted tiene militancia?
“Yo no tengo militancia, y este movimiento no tiene vinculación directa con los partidos. Pero sí hay gente que milita, y esto nos interesa mucho. Reivindicamos la política como herramienta de transformación social: que los jóvenes nos metamos en política, que la queramos y aceptemos que desde ahí se hacen los cambios más importantes que necesita el país.
No nos parece bien recibir órdenes de ningún partido, pero hay gente que está en sintonía y coordinación con los partidos. Eso nos parece bien y legítimo. Pero tenemos nuestra propia forma de trabajar, por la universidad y el país. Esto es algo que también pasaba en la época de la reforma. A Miguel Ángel Solar, militante de la Democracia Cristiana, el ministro del Interior, Bernardo Leyton, le pidió no hacer la toma de la UC, pero la hicieron igual”.
La reforma de los 60¿Es un referente la reforma universitaria impulsada en los sesenta?
“Nuestro movimiento político es muy similar a otros que ha habido en la UC. No nos atribuimos el mérito de ser los únicos ni los primeros cercanos a la reforma. Muchos movimientos han tenido esta vinculación emocional y práctica, pero creemos que hemos sabido plasmarlo de cierta manera y mantenerlo.
Valoramos muchísimo el ímpetu de esa generación de los sesenta: el ánimo crítico y activo que generó cambios. Sabemos que estamos en un contexto cultural distinto, pero queremos inyectar a este movimiento esa fuerza de antaño, que hoy la tenemos muchos jóvenes.
Nos hemos dado cuenta que estamos planteando temas similares a los de entonces, como es vincular la universidad con el país, estar en sintonía con la realidad, ser una UC atenta a los cambios sociales.
Valoramos el ánimo que había entonces de trabajar con la comunidad universitaria, es algo que hemos tratado de reforzar. El trabajo con los sindicatos, con los profesores, administrativos, etc.”.
¿Cómo evalúa la participación estudiantil en la política universitaria y nacional?
“Seguimos siendo una generación bastante apática, despolitizada, con mucha carencia ideológica. Nosotros hemos sabido despertar y generar apoyos electorales masivos. Junto con instancias de discusión más amplias, espacios de encuentro y diálogo para contribuir a la universidad y al país.
Hay carreras donde se da más espacio a los estudiantes. El problema es que en los Consejos de Universidad y de Facultad, los estudiantes tenemos derecho a voz pero no a voto. Contamos con un espacio simbólico. Se nos escucha bastante, pero no tenemos la capacidad de decidir.
Creemos que en la participación hay dos temas: uno, los espacios que tenemos, y otro los espacios que nos tomamos. Hemos tratado de inculcar la concepción de que tenemos que tomarnos esos espacios, y no sólo esperar que nos den la opción de estar.
Es lo mismo con la renovación en política: no basta con que nos den espacios, ni con cambiar las leyes y los partidos. También nosotros debemos tomarnos los espacios políticos. Queremos formar agrupaciones grandes, generar ruido. Como generación, tenemos que hacer una autocrítica sobre la capacidad que tenemos de tomarnos los espacios de participación pública”.
Elite universitaria¿Qué aspectos son centrales en el trabajo de la Feuc?
“Lo primero fue decir a los estudiantes que la Universidad es suya y que podemos generar cambios. Muchas veces nos preguntaron por qué estábamos en la UC, que mejor nos fuéramos a la Universidad de Chile con las ideas de cambios. Proponemos la necesidad de trabajar por la equidad en la Universidad. Hoy el setenta por ciento de los alumnos de la UC pertenece al quinto quintil (al 20 por ciento más rico del país). Es un grado de elitización que cuesta creer. Un dato muy fuerte, y la cifra ha ido aumentando”
¿Qué se puede hacer para ir revirtiendo esta tendencia?
“Esto ocurre por varias causas. Los altos costos de nuestra universidad, que está entre las que tienen los aranceles más altos del país. Luego, está el sistema de acceso. Hay una desigualdad escolar indudable, pero también mecanismos de selección universitaria cuestionables, como la PSU, que ha aumentado la brecha entre estudiantes que provienen de colegios municipales y particulares pagados.
Hemos pensado métodos de ingreso alternativos, propios de la Universidad, sin cambiar la estructura nacional. Es lo que estamos proponiendo. Generar algo semejante a lo que tiene la U de Chile. Un sistema propedeútico que toma a los mejores alumnos de los colegios municipales más pobres, y entre ellos da acceso directo a los que tienen mejor asistencia y notas. Proponemos más becas y beneficios para que los estudiantes con menos recursos puedan ingresar a la UC. Estamos organizando la beca Cardenal Raúl Silva Henríquez, que se financia con aportes voluntarios de toda la comunidad universitaria”.
Universidad distante¿Cómo afecta a la vida universitaria esta homogeneidad de clase social entre los estudiantes?
“Quiénes componen la universidad es muy importante, porque afecta la calidad de la enseñanza y el aprendizaje. Estar sólo con compañeros que vienen de una misma realidad social, con una cultura similar, enriquece poco una sala de clases y la visión del mundo de los alumnos”.
¿Está alejada la Universidad Católica de los problemas más serios del país?
“Si bien entre los principios de la UC está vincularse con la sociedad y trabajar por el país, lo ha hecho con poca fuerza. Eso nos ha impulsado a llevar el trabajo que estamos haciendo hoy.
La UC ha tenido un liderazgo muy importante con el país, pero de poca vinculación concreta con sus problemas reales, y particularmente con los sectores más excluidos y marginados de la sociedad. Esto se refleja en la falta de énfasis que hay hacia lo público. Se están formando profesionales que van a la empresa privada principalmente. No tiene nada de malo, pero lo malo es cuando todos los énfasis están puestos en el sector privado, y las opciones para formarse como un profesional al que le interese, apasione y sea bueno en lo público, son pocas”.
¿Cómo ha sido la experiencia de trabajar en la emergencia y la reconstrucción tras el terremoto?
“Lo vivido ha sido un buen ejemplo y aporte. Va muy en la línea de lo que planteamos para esta universidad. Con el terremoto, la UC ha cambiado muchas de sus mallas. Ha puesto recursos para que ramos, investigaciones y prácticas se vuelquen en cierta medida a la etapa de emergencia y a la reconstrucción del país.
Hemos visto mucho ánimo en los estudiantes para contribuir con la sociedad. El voluntariado ha movido más de tres mil estudiantes en este tiempo. Pero no basta la voluntad de los estudiantes. Es necesario que los ramos de estudio se dediquen a problemas reales. Queremos aprovechar la tragedia para que la universidad mantenga esta relación con la sociedad”.
¿Cómo ha reaccionado la comunidad ante la ayuda estudiantil?“Ha habido muy buena relación. Los municipios, en una primera etapa, estaban aceptando todo, por el gigantesco estado de necesidad, incertidumbre y falta de recursos. Hemos tratado de firmar contratos con los municipios, para que no se queden en palabras, determinando lo que vamos a hacer y estableciendo el compromiso de un trabajo coordinado. Atender a los problemas sociales debiera ser siempre el rol de la universidad”.El Gremialismo se limita a plantear en su propuesta estudiantil a la excelencia académica. ¿Qué valor dan ustedes a tal aspecto?
“La UC tiene una preocupación con la excelencia, y está bien. Las universidades deben tener esa preocupación. Pero la diferencia está dónde enfocas esa excelencia. ¿Hay que tener excelencia para estar en los mejores puestos en las mediciones internacionales? Es una meta que se ha propuesto constantemente la UC. Puede ser válida, ¿pero para qué más? Lo importante es ser de las mejores universidades, pero para servir al país. Preocuparnos de que la educación sea una herramienta de movilidad social. Entregar conocimientos a la sociedad entera, abrirnos y generar cambios estructurales. Trabajar también temas como la desigualdad social, las injusticias en general, en un país que sufre particularmente de ellas. Esto no lo hacemos”.
¿Qué reformas proponen ustedes a la educación superior en general?
“Proponemos cambios en la institucionalidad, en el financiamiento y el acceso, y énfasis en la educación técnica.
En la institucionalidad pedimos que se amplíe el concepto de las universidades tradicionales, para que cumplan su rol público. Creadas después de 1981, son un aporte a la sociedad. Cumplen un rol público porque educan a todos los sectores, tienen buena calidad, investigación con llegada a los sectores más excluidos y marginados, dan instancias de representación democrática interna.
Queremos que esta nueva institucionalidad ratifique con un aporte preferencial financiero a las universidades de propiedad estatal. Es ridículo que la Universidad de Chile reciba sólo un 14 por ciento de aporte estatal para sus gastos.
Queremos que se revaloricen especialmente las sedes regionales, que están condicionadas por los poderes económicos locales y por muchas trabas burocráticas del Estado.
Queremos que las universidades privadas con rol público reciban un aporte importante del Estado.
Por último, creemos que la nueva institucionalidad debe generar un Consejo de Instituciones de Educación Superior, que abarque a las universidades estatales, las privadas con rol público, y también a los institutos profesionales y centros de formación técnica, para darles un papel preponderante en la coordinación y la toma de decisiones políticas de este Consejo”.

sábado, 10 de julio de 2010

KRISHNAMURTI Y LA NECESIDAD DE UN CAMBIO RADICAL


Por Pedro Armendariz

El año 1935 visitó Chile, por única vez en su vida, el pensador nacido en India, Jiddu Krishnamurti. En la ocasión ofreció cuatro pláticas, tres en Santiago y una en Valparaíso. Leyendo lo que fue su tercer encuentro en Santiago, llama la atención que los temas que se discutían entonces sean los mismos de hoy.

A continuación, parte de lo hablado en Santiago entre Krishnamurti y un grupo de chilenos, el 8 de septiembre de aquel año:

Pregunta: ¿Qué tiene usted que decir con respecto al tratamiento que se da a los delincuentes?


Krishnamurti: Todo depende de quiénes sean los que usted llama delincuentes. Una persona con trastornos patológicos no es un delincuente y resulta insensato encarcelarla. Necesita atención y cuidado médico. Una persona que roba con deliberación, por lo general es calificada de delincuente. A menos que sea un caso patológico, roba porque hay una insuficiente satisfacción de sus necesidades vitales. ¿Qué sentido tiene, entonces, convertirla en delincuente arrojándola dentro de una cárcel? Es el resultado de condiciones económicas crueles, absurdas y explotadoras. No es el verdadero delincuente, sino que lo es todo el sistema de codicia que crea al explotador.
Hay todavía otro tipo de hombre al que también se califica de delincuente; sus ideas, por ser verdaderas, se vuelven peligrosas, y ustedes se libran de él enviándolo a la cárcel o matándolo.
Mediante su propia acción, o bien uno crea las condiciones que dan origen al así llamado delincuente, o destruye aquellas limitaciones que ocasionan dolor.


Pregunta: Se dice que usted es un agente del gobierno inglés, y que su discurso contra el nacionalismo formo parte de un vasto plan de propaganda dirigido o mantener a la India sojuzgada y dentro del Imperio Británico. ¿Es eso cierto?


Krishnamurti: Me temo que no es cierto. Es más bien absurdo que, cuando uno dice lo que piensa al respecto, le digan que es agente de alguna causa o algún país. (Risas) Para mí, el nacionalismo, ya sea en Chile, Inglaterra o la India, es destructivo. Separa a los seres humanos, causa muchos males. El nacionalismo es una enfermedad terrible. Cuando digo esto, aquellas personas de otros países que tienen intereses creados aquí o en cualquier país que no sea el propio, están muy de acuerdo; y aquéllas para quienes el nacionalismo es un instrumento de explotación de su propio pueblo, se muestran muy contrarias a ello. El nacionalismo es, al fin y al cabo, un sentimiento falso estimulado por intereses creados y usado para el imperialismo y la guerra.


Pregunta: Lo que usted dice contra el nacionalismo, ¿no es perjudicial para el bienestar de las naciones más pequeñas? ¿Cómo podemos nosotros, en Chile, abrigar la esperanza de mantener nuestra integridad y nuestro bienestar nacional, a menos que nos sintamos intensamente nacionalistas y nos defendamos contra las naciones más grandes que buscan controlamos y dominamos?


Krishnamurti: Cuando usted habla de sostener su integridad y bienestar nacional, quiere decir desarrollar su propia clase particular de explotadores. (Risas) No piense desde el punto de vista de Chile o de cualquier otro país; vea a la humanidad como algo total.
Ayer, mientras paseaba por el campo, había una hermosa puesta del Sol. Las montañas y la nieve fulguraban puras, bellas. Un labriego, literalmente en harapos, pasó junto a nosotros. Algunos poseen dinero como para vivir cómodamente y disfrutar del lujo y la belleza de la existencia; otros tienen que trabajar de la mañana a la noche desde la más tierna edad hasta que mueren, sin tiempo libre, sin esperanza alguna. En todos los países permitimos esta crueldad, este horror. Hemos perdido nuestros sentimientos más delicados y nos estamos destruyendo a causa del miedo y de la codicia.
Por cierto, para abolir la pobreza ustedes tienen que pensar como seres humanos, no como seres nacionales. Sólo puede existir la humanidad, no la cruel división de razas y el absurdo infantil del nacionalismo. ¿Por qué no es posible dar origen a un estado de cosas así, feliz, inteligente? ¿Quién lo impide? Cada uno de ustedes, porque piensa en términos de Chile, Inglaterra, India o algún otro país. Tal como las creencias dividen a la gente, así han dejado ustedes que las fronteras destruyan la unidad del hombre. Sobre cada uno de ustedes y no sobre una cosa indefinida llamada la masa, recae la responsabilidad de producir la unidad y felicidad humana.


Pregunta: Usted cree, aparentemente, que todos los sacerdotes son unos bribones. (Risas) En la iglesia católica hay muchos hombres grandes y santos, ¿A éstos también los llama explotadores?

Krishnamurti: A causa del temor, uno crea la autoridad, y el sometimiento a ella genera explotación. Mediante nuestros propios deseos y temores, hemos creado las religiones con sus dogmas, credos y todo su espectáculo y su pompa. Las religiones, como creencias organizadas con su interés establecido, no conducen al hombre hacia la realidad. Se han convertido en maquinarias de explotación. (Aplausos) Pero son ustedes los responsables de que existan. La mente debe liberarse de las ilusiones creadas por el temor, esas ilusiones que ahora parecen ser una realidad. Cuando la mente sea simple, directa, capaz de pensar con verdad, no creará explotadores.

Pregunta: ¿Cómo puede ser posible el bienestar individual, hasta que no haya un movimiento de masas que desaloje del poder a los explotadores capitalistas? El movimiento de masas, por cierto, debe venir primero a fin de facilitar el camino a los de abajo, y sólo entonces habrá una oportunidad igual para todos.


Krishnamurti: Poner primero una cosa o la otra, el bienestar individual o la acción colectiva, debe finalmente obstaculizar la realización plena del hombre. La verdadera realización origina tanto el bienestar de la totalidad como el del individuo. ¿Qué es eso que llamamos la masa? Son ustedes. No puede haber una genuina acción colectiva, sin la comprensión individual. Un movimiento de masas semejante es, en realidad, el resultado de un claro pensar y actuar por parte de cada individuo. Si cada uno de ustedes se limita a decir que debe haber una acción colectiva, entonces tal acción jamás tendrá lugar, porque estarán eludiendo la responsabilidad individual que les corresponde en la acción. Cuando un hombre depende de la acción de la masa, él mismo está, de hecho, temeroso de actuar.
Si ha de haber un cambio radical, completo, usted, el individuo, debe darse cuenta de las limitaciones que ahora mutilan su mente y su corazón. Al liberarse cada uno de ustedes de esas esperanzas y ambiciones egoístas, ilusorias, de esas crueldades, habrá una cooperación inteligente y no esta compulsión y explotación humana.

Pregunta: Usted predica ideas revolucionarias, pero ¿cómo puede salir algo realmente bueno de ellas a menos que organice un grupo de seguidores, que produzcan una revolución de hecho? Si usted está contra la organización, ¿cómo puede alcanzar alguna vez cualquier resultado?

Krishnamurti: Ustedes no pueden seguir a nadie, incluyéndome a mí. Gracias a su propia comprensión espontánea, crearán cualquier organización que sea necesaria. Pero si se les impone una organización, se volverán meros esclavos de esa organización y serán explotados. Como hay tantas organizaciones que ya los están explotando, ¿de qué sirve agregarles otra más? Lo importante es que cada uno de ustedes comprenda fundamentalmente, y de esa comprensión surgirá una organización genuina que no impedirá la plena realización del individuo.

Pregunta: ¿Piensa usted que la Liga de las Naciones tendrá éxito en impedir una nueva guerra mundial?


Krishnamurti: ¿Cómo pueden cesar las guerras mientras existan las divisiones de nacionalidades y de gobiernos soberanos? ¿Cómo puede prevenirse la guerra cuando hay divisiones de clase, explotación, cuando cada uno está buscando su propia seguridad individual y creando temor? No puede haber paz en el mundo si cada uno de ustedes está subjetivamente en guerra. Para producir verdadera paz en el mundo, de modo que el hombre no sea matado despiadadamente por un ideal llamado prestigio, honor nacional - que no es sino interés creado -, usted, el individuo, tiene que liberarse de la codicia. Mientras ésta exista, habrá por fuerza conflicto y desdicha. Así que, para resolver el dolor humano, no recurran meramente a un sistema, sino vuélvanse inteligentes. Desechen todas las estupideces que ahora abruman la mente, y piensen de una manera nueva, simple y directa con respecto a la guerra, a la explotación y a la codicia. Entonces no necesitarán esperar que los gobiernos, que actualmente no son sino expresiones del interés establecido, cambien las absurdas y crueles condiciones que imperan en el mundo.

martes, 29 de junio de 2010

Eric Hobsbawm, historiador: “Estoy seguro de que si China no hubiera estado ahí, la crisis de 2008 habría sido mucho más grave”






En la mirada de Eric Hobsbawm, la contradicción básica de hoy es que la mundialización -producto de la revolución de las comunicaciones- no ha sido acompañada de un proceso de transnacionalización política. El gran historiador inglés, autor de clásicos ineludibles sobre el siglo XX, examina la crisis actual y los vertiginosos cambios de las últimas décadas en la política global, y retrata el horizonte por venir. Una entrevista especial de la New Left Review, reproducida en castellano por el diario argentino Clarín.
Es probablemente el mayor historiador vivo. Su mirada es universal, como lo muestran sus libros La era de la revolución y La era del capitalismo. Esta entrevista constituye su más reciente ejercicio de una visión global sobre los problemas y las tendencias del mundo moderno.
LA “LOCURA” DEL PROYECTO NEOCONSERVADOR
Su obra Historia del siglo XX concluye en 1991 con una visión sobre el colapso de la esperanza de una Edad de Oro para el mundo. ¿Cuáles son los principales cambios que registra desde entonces en la historia mundial?Veo cinco grandes cambios. Primero, el desplazamiento del centro económico del mundo del Atlántico norte al sur y al este de Asia. Este proceso comenzó en los años 70 y 80 en Japón, pero el auge de China desde los 90 ha marcado la diferencia.
El segundo es, desde luego, la crisis mundial del capitalismo, que nosotros predijimos siempre pero que tardó mucho tiempo en llegar.
Tercero, el clamoroso fracaso de la tentativa de Estados Unidos de mantener en solitario una hegemonía mundial después de 2001, un fracaso que se manifestó con mucha claridad.
Cuarto, cuando escribí Historia del siglo XX no se había producido la aparición como entidad política de un nuevo bloque de países en desarrollo, los Bric (Brasil, Rusia, India y China).
Y quinto, la erosión y el debilitamiento sistemático de la autoridad de los Estados: de los Estados nacionales dentro de sus territorios y, en muchas partes del mundo, de cualquier clase de autoridad estatal efectiva. Acaso fuera previsible pero se aceleró hasta un punto inesperado.
¿Qué más le ha sorprendido?
Nunca dejo de sorprenderme ante la absoluta locura del proyecto neoconservador, que no sólo pretendía que el futuro era Estados Unidos, sino que incluso creyó haber formulado una estrategia y una táctica para alcanzar ese objetivo. Hasta donde alcanzo a ver, no tuvieron una estrategia coherente.
EL DECLIVE DE LA CLASE OBRERA MANUAL
¿Puede prever alguna recomposición política de lo que fue la clase obrera?
No en la forma tradicional. Marx estaba sin duda en lo cierto al predecir la formación de grandes partidos de clase en una determinada etapa de la industrialización. Pero estos partidos, si tenían éxito, no funcionaban como partidos exclusivos de la clase obrera: si querían extenderse más allá de una clase reducida, lo hacían como partidos populares, estructurados alrededor de una organización inventada por y para los objetivos de la clase obrera. Incluso así, había límites para la conciencia de clase.
En Gran Bretaña el Partido Laborista nunca obtuvo más del 50 por ciento de los votos. Lo mismo sucede en Italia, donde el PCI era todavía más un partido popular. En Francia, la izquierda se basaba en una clase obrera débil pero políticamente fortalecida por la gran tradición revolucionaria, de la que se las arregló para convertirse en imprescindible sucesora, lo cual les proporcionó a ella y a la izquierda mucha más influencia.
El declive de la clase obrera manual parece algo definitivo. Hay o habrá mucha gente que quede realizando trabajo manual, pero no puede seguir siendo el principal fundamento de esperanza: carece del potencial organizativo de la vieja clase obrera y no tiene potencial político. Ha habido otros tres importantes desarrollos negativos.
El primero es, desde luego, la xenofobia, que para la mayoría de la clase obrera es, como dijo el alemán August Bebel, el “socialismo de los tontos”: salvaguardar mi trabajo contra gente que compite conmigo. Cuanto más débil es el movimiento obrero, más atractiva es la xenofobia.
En segundo lugar, gran parte del trabajo y del trabajo manual que la administración pública británica solía llamar “categorías menores y de manipulación”, no es permanente sino temporario; por ejemplo, estudiantes o emigrantes trabajando en catering. Eso hace que no sea fácil considerarlo como potencial organizable. La única forma fácilmente organizable de esa clase de trabajo es la que está empleada por autoridades públicas, razón por la cual estas autoridades son vulnerables.
El tercero y el más importante de estos cambios es la creciente ruptura producida por un nuevo criterio de clase, en concreto, aprobar exámenes en colegios y universidades como un billete de acceso para el empleo. Esto puedes llamarlo meritocracia pero está institucionalizada y mediatizada por los sistemas educativos. Lo que ha hecho es desviar la conciencia de clase desde la oposición a los empleadores a la oposición a juniors de una u otra clase, intelectuales, élites liberales o aventureros.
Estados Unidos es un típico ejemplo, pero, si miras a la prensa británica, verás que no está ausente en el Reino Unido. El hecho de que, cada vez más, obtener un doctorado o al menos ser un posgraduado también te da una oportunidad mejor para conseguir millones complica la situación.
¿Puede haber nuevos agentes?
Ya no en términos de una sola clase pero entonces, desde mi punto de vista, nunca lo pudo ser. Hay una política de coaliciones progresista, incluso de alianzas permanentes como las de, por ejemplo, la clase media que lee The Guardian y los intelectuales, la gente con niveles educativos altos, que en todo el mundo tiende a estar más a la izquierda que los otros, y la masa de pobres e ignorantes.
Ambos grupos son esenciales pero quizá sean más difíciles de unificar que antes. Los pobres pueden identificarse con multimillonarios, como en Estados Unidos, diciendo “si tuviera suerte podría convertirme en una estrella pop”. Pero no puede decir “si tuviera suerte ganaría el premio Nobel”. Esto es un problema para coordinar las políticas de personas que objetivamente podrían estar en el mismo bando.
POST CRISIS: CHINA TENDRÁ LOS MAYORES CAMBIOS POLÍTICOS
¿En qué se diferencia la crisis actual de la de 1929?La Gran Depresión no empezó con los bancos; no colapsaron hasta dos años después. Por el contrario, el mercado de valores desencadenó una crisis de la producción con un desempleo mucho más elevado y un declive productivo mayor del que se había conocido nunca. La actual depresión tuvo una incubación mayor que la de 1929, que llegó casi de la nada.
Desde muy temprano debía haber estado claro que el fundamentalismo neoliberal producía una enorme inestabilidad en el funcionamiento del capitalismo.
Hasta 2008 parecía afectar sólo a áreas marginales: América Latina en los años 90 hasta la siguiente década, el sudeste asiático y Rusia. En los países más importantes, todo lo que significaba eran colapsos ocasionales del mercado de valores de los que se recuperaban con bastante rapidez.
Me pareció que la verdadera señal de que algo malo estaba pasando debería haber sido el colapso de Long-Term Capital Management (LTCM) en 1998, que demostraba lo incorrecto que era todo el modelo de crecimiento, pero no se consideró así.
Paradójicamente, llevó a un cierto número de hombres de negocios y de periodistas a redescubrir a Karl Marx, como alguien que había escrito algo de interés sobre una economía moderna y globalizada; no tenía nada que ver con la antigua izquierda: la economía mundial en 1929 no era tan global como la actual. Esto tuvo alguna consecuencia; por ejemplo, hubiera sido mucho más fácil para la gente que perdió su trabajo regresar a sus pueblos. En 1929, en gran parte del mundo fuera de Europa y América del Norte, los sectores globales de la economía eran áreas que en gran medida no afectaron a lo que las rodeaba. La existencia de la URSS no tuvo efectos prácticos sobre la Gran Depresión pero sí un enorme efecto ideológico: había una alternativa.
Desde los 90 asistimos al auge de China y las economías emergentes, que realmente ha tenido un efecto práctico sobre la actual depresión, pues ha ayudado a mantener una estabilidad mucho mayor de la economía mundial de la que hubiera alcanzado de otro modo. De hecho, incluso en los días en que el neoliberalismo afirmaba que la economía prosperaba de modo exuberante, el crecimiento real se estaba produciendo en su mayoría en estas economías recién desarrolladas, en especial China. Estoy seguro de que si China no hubiera estado ahí, la crisis de 2008 habría sido mucho más grave. Por esas razones, vamos a salir de ella con más rapidez, aunque algunos países seguirán en crisis durante bastante tiempo.
¿Qué pasa con las consecuencias políticas?
La depresión de 1929 condujo a un giro abrumador a la derecha, con la gran excepción de América del Norte, incluido México, y de los países escandinavos. En Francia, el Frente Popular de 1935 solo tuvo el 0,5 por ciento más de votos que en 1932, así que su victoria marcó un cambio en la composición de las alianzas políticas en vez de algo más profundo. En España, a pesar de la situación cuasirrevolucionaria o potencialmente revolucionaria, el efecto inmediato fue también un movimiento hacia la derecha, y desde luego ése fue el efecto a largo plazo. En la mayoría de los otros Estados, en especial en el centro y este de Europa, la política se movió claramente hacia la derecha.
El efecto de la actual crisis no está tan definido. Uno puede imaginarse que los principales cambios o giros en la política no se producirán en Estados Unidos u occidente, sino casi seguro en China.
¿Cree que China continuará resistiendo la recesión?
No hay ninguna razón especial para pensar que de repente dejará de crecer. El gobierno chino se ha llevado un buen susto con la depresión, porque ésta obligó a una enorme cantidad de empresas a detener temporalmente su actividad. Pero el país todavía está en las primeras etapas del desarrollo económico y hay muchísimo espacio para la expansión.
No quiero especular sobre el futuro, pero podemos imaginarnos a China dentro de veinte o treinta años siendo a escala mundial mucho más importante que hoy, por lo menos económica y políticamente, no necesariamente en términos militares. Desde luego, tiene problemas enormes y siempre hay gente que se pregunta si el país puede mantenerse unido, pero yo creo que tanto la realidad del país como las razones ideológicas continúan militando poderosamente para que la gente desee que China permanezca unida.
LA DECEPCIÓN OBAMA
Pasado un año, ¿cómo valora la administración Obama?
La gente estaba tan encantada de que hubiera ganado alguien con su perfil, y en medio de la crisis, que muchos pensaron que estaba destinado a ser un gran reformista, a la altura de lo que hizo el presidente Franklin Roosevelt. Pero no lo estaba. Empezó mal. Si comparamos los primeros cien días de Roosevelt con los de Obama, lo que destaca es la predisposición de Roosevelt a apoyarse en consejeros no oficiales para intentar algo nuevo, comparado con la insistencia de Obama en permanecer en el mismo centro. Desperdició la ocasión.
Su verdadera oportunidad estuvo en los tres primeros meses, cuando el otro bando estaba desmoralizado y no podía reagruparse en el Congreso. No la aprovechó. Podemos desearle suerte pero las perspectivas no son alentadoras.
Si observamos el escenario internacional más caliente, ¿cree que la solución de los dos Estados, como se imagina actualmente, es un proyecto creíble para Palestina?
Personalmente, dudo de que lo sea por el momento. Cualquiera que sea la solución, no va a suceder nada hasta que Estados Unidos decida cambiar totalmente su manera de pensar y presione a los israelíes. Y no parece que eso vaya a suceder.
EN INDIA LOS PROYECTOS PROGRESISTAS PODRÍAS REVIVIR
¿Cree que hay alguna parte del mundo donde todavía sea posible recrear proyectos positivos, progresistas?
En América Latina la política y el discurso público general todavía se desarrollan en los términos liberal-socialistas-comunistas de la vieja Ilustración. Esos son sitios donde encuentras militaristas que hablan como socialistas, o un fenómeno como Lula, basado en un movimiento obrero, o a Evo Morales. Adónde conduce eso es otra cuestión, pero todavía se puede hablar el viejo lenguaje y todavía están disponibles las viejas formas de la política.
No estoy completamente seguro sobre América Central, aunque hay indicios de un pequeño resurgir en México de la tradición de la Revolución; tampoco estoy muy seguro de que vaya a llegar lejos, ya que México ha sido integrado a la economía de Estados Unidos.
América Latina se benefició de la ausencia de nacionalismos etnolingüísticas y divisiones religiosas; eso hizo mucho más fácil mantener el viejo discurso. Siempre me sorprendió que, hasta hace bien poco, no hubiera signos de políticas étnicas. Han aparecido movimientos indígenas de México y Perú, pero no a una escala parecida a la que se produjo en Europa, Asia o África.
Es posible que en India, gracias a la fuerza institucional de la tradición laica de Nehru, los proyectos progresistas puedan revivir. Pero no parecen calar entre las masas, excepto en algunas zonas donde los comunistas tienen o han tenido un apoyo masivo, como Bengala y Kerala, y acaso entre algunos grupos como los nasalitas o los maoístas en Nepal. Aparte de eso, la herencia del viejo movimiento obrero, de los movimientos socialistas y comunistas, sigue siendo muy fuerte en Europa.
Los partidos fundados mientras Friedrich Engels vivía aún son, casi en toda Europa, potenciales partidos de gobierno o los principales partidos de la oposición. Imagino que en algún momento la herencia del comunismo puede surgir en formas que no podemos predecir, por ejemplo en los Balcanes e incluso en partes de Rusia. No sé lo que sucederá en China pero sin duda ellos están pensando en términos diferentes, no maoístas o marxistas modificados.
Siempre ha sido crítico con el nacionalismo como fuerza política, advirtiendo a la izquierda que no lo pintara de rojo. Pero también ha reaccionado contra las violaciones de la soberanía nacional en nombre de las intervenciones humanitarias. ¿Qué tipos de internacionalismo son deseables y viables hoy día?
En primer lugar, el humanitarismo, el imperialismo de los derechos humanos, no tiene nada que ver con el internacionalismo. O bien es una muestra de un imperialismo revivido que encuentra una adecuada excusa, sincera incluso, para la violación de la soberanía nacional, o bien, más peligrosamente, es una reafirmación de la creencia en la superioridad permanente del área que dominó el planeta desde el siglo XVI hasta el XX.
Después de todo, los valores que occidente pretende imponer son específicamente regionales, no necesariamente universales. Si fueran universales tendrían que ser reformulados en términos diferentes. No estamos aquí ante algo que sea en sí mismo nacional o internacional. Sin embargo, el nacionalismo sí entra en él porque el orden internacional basado en Estados-nación ha sido en el pasado, para bien o para mal, una de las mejores salvaguardas contra la entrada de extranjeros en los países. Sin duda, una vez abolido, el camino está abierto para la guerra agresiva y expansionista.
El internacionalismo, que es la alternativa al nacionalismo, es un asunto engañoso. Es tanto un eslogan político sin contenido, como sucedió a efectos prácticos en el movimiento obrero internacional, donde no significaba nada específico, como una manera de asegurar la uniformidad de organizaciones poderosas y centralizadas, fuera la iglesia católica romana o el Komintern. El internacionalismo significa que, como católico, creías en los mismos dogmas y tomabas parte en las mismas prácticas sin importar quién fueras o dónde estuvieras; lo mismo sucedía con los partidos comunistas. Esto no es realmente lo que nosotros entendíamos por “internacionalismo”.
El Estado-nación era y sigue siendo el marco de todas las decisiones políticas, interiores y exteriores. Hasta hace muy poco, las actividades de los movimientos obreros (de hecho, todas las actividades políticas) se llevaban a cabo dentro del marco de un Estado. Incluso en la UE, la política se enmarca en términos nacionales. Es decir, no hay un poder supranacional que actúe, sólo una coalición de Estados. Es posible que el fundamentalismo misionero islámico sea aquí una excepción, que se extiende por encima de los Estados, pero hasta ahora todavía no se ha demostrado. Los anteriores intentos de crear super-Estados panárabes, como entre Egipto y Siria, se derrumbaron por la persistencia de las fronteras de los Estados existentes.
LA CONTRADICCIÓN BÁSICA DE HOY
¿Cree entonces que hay obstáculos intrínsecos para cualquier intento de sobrepasar las fronteras del Estado-nación?
Tanto económicamente como en la mayoría de los otros aspectos, incluso culturalmente, la revolución de las comunicaciones creó un mundo genuinamente internacional donde hay poderes de decisión que funcionan de manera transnacional, actividades que son transnacionales y, desde luego, movimientos de ideas, comunicaciones y gente que son transnacionales mucho más fácilmente que nunca. Incluso las culturas lingüísticas se complementan ahora con idiomas de comunicación internacional. Pero en la política no hay señales de esto y ésa es la contradicción básica de hoy.
Una de las razones por las que no ha sucedido es que en el siglo XX la política fue democratizada hasta un punto muy elevado con la implicación de las masas. Para éstas, el Estado es esencial para las operaciones diarias. Los intentos de romper el Estado internamente mediante la descentralización existen desde hace treinta o cuarenta años, y algunos de ellos con éxito; en Alemania la descentralización ha sido un éxito en algunos aspectos y, en Italia, la regionalización ha sido muy beneficiosa. Pero el intento de establecer Estados supranacionales fracasa.
La Unión Europea es el ejemplo más evidente. Hasta cierto punto estaba lastrada por la idea de sus fundadores, quienes apostaban a crear un super-Estado análogo a un Estado nacional, cuando yo creo que ésa no era una posibilidad y sigue sin serlo. La UE es una reacción específica dentro de Europa. Hubo señales de un Estado supranacional en Oriente Próximo pero la UE es el único que parece haber llegado a alguna parte. No creo que haya posibilidades para una gran federación en América del Sur.
El problema sin resolver continúa siendo esta contradicción: por una parte, hay prácticas y entidades transnacionales que están en curso de vaciar el Estado quizá hasta el punto de que colapse. Pero si eso sucede -lo que no es una perspectiva inmediata, por lo menos en los Estados desarrollados-, ¿quién se hará cargo entonces de las funciones redistributivas y de otras análogas, de las que hasta ahora sólo se ha hecho cargo el Estado? Este es uno de los problemas básicos de cualquier clase de política popular hoy en día.


Eric Hobsbawm es el decano de la historiografía marxista británica. Uno de sus últimos libros es un volumen de memorias autobiográficas: Años interesantes, Barcelona, Critica, 2003.

domingo, 13 de junio de 2010

Entrevista a Julio Sarmiento, presidente de la FECH: LA UNIVERSIDAD DE CHILE EN APUROS




Por Pedro Armendariz

Julio Sarmiento, militante del Partido Comunista, fue elegido presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile encabezando la lista “Estudiantes de Izquierda a la FECH”, integrada por la juventud de su partido, la Nueva Izquierda e independientes.
Estudiante de Medicina, Sarmiento, de 26 años, llegó a Chile junto a su familia procedente de Cuba, su país natal, a principios de los noventa. Partidario del sistema cubano, y totalmente integrado a su nuevo país, cuenta que con frecuencia, debido a la curiosidad de sus compañeros, solía terminar en las reuniones hablando de la realidad cubana, alejándose de los temas convocantes.
Para que no nos pase esta vez lo mismo, vamos directo al grano:

¿Cómo ve usted que encuentra el Bicentenario de la República a la Universidad de Chile?

“La Universidad de Chile tiene casi doscientos años. Si nos remitimos a su antecedente, la Universidad de San Felipe, existe desde antes que la República. La evolución política y económica del país ha tenido que ver en muchos casos con la universidad, institución que era una herramienta fundamental del Estado en aras de un desarrollo social enfocado al bien común.
Hasta 1973 la Universidad de Chile tenía más del cincuenta por ciento de la matrícula de la educación superior. Contaba con un presupuesto estable que permitía que creciera y se desarrollara. Después de 1973 y con la reforma del ochenta, ese rol y esa importancia se quisieron destruir. Se le hizo mucho daño durante la dictadura. Se desmembró, se concentró la deuda en la Casa Central, se le congeló el financiamiento, se le atacó reiteradamente de muchas maneras, desde la forma en la que se administraba hasta el énfasis que se le dio a otras opciones de educación.
Hoy tenemos una universidad que ha logrado sobrevivir en un panorama muy adverso, manteniendo muchos de sus principios pese a continuos ataques y a contrapelo de los intereses económicos representados en las instancias de gobierno. Sí ha perdido relevancia nacional, y no porque haya disminuido su excelencia o el quehacer académico esté por debajo del que tenía antes, simplemente hay un sistema construido alrededor de la Universidad de Chile, privado principalmente, que hoy día concentra el grueso de la formación en educación superior.
Nosotros seguimos, sin embargo, siendo el principal centro de generación de conocimiento, con mayor excelencia académica y compromiso con el país -en un sentido retórico más que práctico-, pero aún así lo sigue manteniendo, pese a la existencia de un sistema que ha crecido alrededor y con el cual no ha podido competir debido a las trabas que arrastra desde los años ochenta”.

¿Hay conciencia en los estudiantes de la importancia y trascendencia que ha tendido para el país la Universidad de Chile?

“Cada vez menos, pero aún así la hay. Uno entra, y si accede más allá del estudio individual y se involucra con la universidad, hay un mundo de conocimiento, de principios, de normas, de valores éticos que están en el imaginario colectivo de la comunidad de la Universidad de Chile. Eso influye en muchos de los estudiantes, no todos.
La atomización de la sociedad, la predominancia de las soluciones individuales sobre las colectivas, afecta a la conciencia de los estudiantes y su entorno. Ante discursos que llaman a mirar el futuro y no detenerse a conocer y estudiar el pasado, muchos estudiantes no se preocupan por la historia de su institución.
Aún así, pese a que en muchos casos ofrece peores condiciones materiales para algunos académicos y funcionarios, sigue concentrando los mejores académicos. El ser y sentirse Universidad de Chile es un valor que tiene esta casa de estudios”.

Los últimos veinte años

¿Qué balance hace usted del papel jugado por la Concertación frente a la Universidad?

“La Concertación no ha hecho nada más allá de algunos hechos aislados. Entre ellos la ley de incentivo al retiro, o el convenio de desempeño del proyecto Bicentenario para revitalizar las humanidades, las artes y las ciencias sociales, disciplinas que quedaron muy lesionadas después de la dictadura. Esto permitirá que entren 25 mil millones de pesos para proyectos de infraestructura y académicos. Fue la primera vez, el año 2009, que se le dio un trato especial a la Universidad de Chile por parte del Estado.
La ley marco de 1997 fue un paquete enmarcado en el modelo de educación superior privatizado, para fortalecer y concretizar la privatización donde no había llegado. No cambia el paradigma que inventaron en dictadura y perfeccionó luego José J. Brunner.
Chile tiene un modelo de educación superior único en el mundo, que se trata de explicar en el extranjero y no lo entienden: nos preguntan cómo es posible que en la universidad pública haya que pagar, que tenga que competir por los recursos, que reciba solamente un 18 por ciento de su presupuesto del Estado. Que tengan las universidades públicas que autofinanciarse a través del valor de los aranceles en una sociedad tan segmentada socio-económicamente como esta.
El crédito con aval del Estado, desde el año 2005, no ayuda a mejorar el panorama, lo empeora. Los estudiantes que no cuentan con dinero, están obligados a endeudarse. No hay límite para el alza de aranceles y los intereses de los créditos de los bancos son muy caros.
Además, dado que no hay regulación acerca del número de profesionales a egresar, los salarios no son buenos y muchos terminan cesantes. Por si fuera poco, la calidad de muchas universidades no permite decir que sus títulos valen realmente lo que se invirtió en ellos. Esto es responsabilidad de la Concertación, como lo es la autofinanciación de la educación superior.
La autofinanciación ha afectado a la autonomía universitaria. No tenemos ciencias sociales porque no son rentables y no se invierte en ellas. Las pedagogías están en muy mal pie, y hay universidades enteras que sólo forman ingenieros comerciales.
El modelo impuesto tiende a afectar el sentido de la educación en sí, como desarrollo epistemológico de las disciplinas, porque limita a la universidad a ser un aparato al servicio de la innovación del aparato productivo. Más que ser un ente formador de conciencia crítica y de pensamiento en todas sus dimensiones posibles.
Con la lógica de las competencias, se privilegia sólo lo que es relevante para el desarrollo productivo. La derecha, por ejemplo, plantea condicionar el financiamiento al desempeño en áreas como la producción, la innovación, cosas por el estilo, lo que también afectaría el desarrollo de las ciencias sociales”.

La Universidad de Chile y el Estado

¿Desde el Estado, se recurre a los servicios de la Universidad de Chile?

“No, prácticamente no se la toma en cuenta. La Universidad de Chile mantiene ese compromiso y deber ser, entiende que su función está al servicio de las necesidades del país. En la retórica, es algo de lo que los estudiantes, de alguna manera, salen empapados, pero la Universidad de Chile dejó desde hace mucho tiempo de ser parte de las políticas públicas.
En general, como la motivación principal en educación superior es el dinero, los grupos económicos que impulsan ciertas leyes, tienen sus análogos en las universidades que están dispuestos a impulsar sus investigaciones y estudios en torno a esas leyes”.

¿Cómo evalúa usted el aporte cultural de la Universidad de Chile al país en general?

“Se desarrolla la cultura en la Universidad de Chile. Hay facultad de arte, de ciencias sociales. Tenemos una orquesta sinfónica y el Ballet Nacional. Pero obviamente se ha perdido relevancia. No es un área muy estimulada por políticas de Estado, y no hay una plataforma desde la cual la universidad pueda contribuir al desarrollo de la cultura en aquellas dimensiones que no tienen solamente que ver con espectáculos y presentaciones.
La universidad perdió el canal de televisión y no lo ha podido recuperar. La ley de televisión digital, de aprobarse la norma que permite que convivan varias señales en una sola frecuencia, debiera permitir que la U de Chile vuelva a tener su propia frecuencia. La Editorial Universitaria tiene una posición secundaria. Hay una radio, pero de impacto limitado por estar obligada a autofinanciarse, y la parrilla programática empieza a responder más a intereses comerciales que a los propios de la universidad.
La falta de medios nos ha hecho a los estudiantes a ser muy críticos interna y externamente, con la poca gestión de los rectores para impulsar esto, y los pocos espacios que existen en la sociedad para que el ámbito universitario se exprese e incida en ella”.

¿La tarea de recuperación de la Universidad de Chile, cuenta con apoyo externo?

“Casi todas las organizaciones están viviendo un sálvese quien pueda. Los colegios profesionales dan sus peleas, los centros de estudios las suyas.
El Consejo de Rectores, a propósito del terremoto, le escribió una carta al ministro de Educación con algunas solicitudes. No la respondieron.
Hay parlamentarios que tienen un afecto a la U de Chile por haber egresado de ella, pero casi nadie en el país, en alguna de las Cámaras, maneja a cabalidad el tema de educación superior. Se lo elude en las discusiones políticas. Ningún candidato presidencial lo planteó como bandera de lucha en la campaña pasada.
Se espera que los estudiantes tengamos la posibilidad de hacer algo. Uno conversa con los rectores y dicen: “ya pues, movilícense, hagan algo, peleen contra el ministerio”, porque ellos están maniatados por las restricciones propias del sistema.
Los legisladores legislan sin la ciudadanía, los gobiernos gobiernan sin mayor participación ciudadana, y como las universidades del Consejo de Rectores no tienen dueños que sean grandes propietarios de consorcios económicos ni cosas por el estilo, es difícil generar el lobby necesario para instalar los temas desde el Legislativo”.

¿Qué esperan los estudiantes del actual gobierno?

“El programa presidencial plantea cosas muy preocupantes. Chile esta muy privatizado pero puede privatizarse más todavía. La educación superior puede estar peor de lo que está ahora. Y el programa de Piñera apunta en esa dirección, bajo argumentos como que hay que asegurar la calidad independiente del tipo de institución; o que cualquiera que forme profesionales es una institución pública.
Mediante la interpretación de ciertos conceptos, instalados en la ciudadanía, el gobierno está impulsando una agenda que terminaría por diluir la diferenciación entre lo estatal y público y lo privado, instalando formas de financiamiento que vinculen la universidad con el aparato productivo, soslayando la parte teórica que tiene que ver con la formación académica y universitaria.
Hay una agenda implícita del gobierno que todavía no hace explícita. Por eso es muy importante que nosotros como movimiento estudiantil seamos capaces de anticiparnos y pongamos la agenda en función de nuestros temas, y no que pongan ellos sus temas y nosotros tengamos que reaccionar. Porque si ellos los ponen van a ser cosas muy malas para la educación superior. Tenemos que generar la mayor adhesión posible también a nivel parlamentario, político, de forma tal que la discusión se asuma en la dirección correcta y no en la que propone el gobierno”.

Demandas estudiantiles

“Nosotros queremos discutir y abordar los cambios necesarios en relación con el rol del Estado -la regulación del sistema por parte del Estado-, la eliminación del autofinanciamiento y del endeudamiento.
El autofinanciamiento porque es el que vulnera las universidades y obliga a pagar aranceles. El endeudamiento porque tiene a los estudiantes pobres accediendo a la educación superior pero endeudándose extraordinariamente. Y la regulación estatal, porque las pocas universidades que reciben los pocos recursos fiscales que reciben, no rinden cuenta de ello, y es importante que esos recursos estén en función de un compromiso explícito con lo público, más allá de formar profesionales o hacer investigación, que son requisitos para cualquier universidad y también lo puede hacer una universidad privada.
Acceso, pluralismo y democracia institucional son las cosas que creemos definen el carácter público de una institución, y debieran regularse, definirse y asumirse con claridad y certeza si se quiere contar con financiamiento estatal”.



domingo, 30 de mayo de 2010

Entrevista historiador Mario Garcés: Izquierda y Bicentenario: Las derrotas de 1973 y 1986


Por Pedro Armendariz

Frente al carácter mediático e intrascendente de los actos oficiales conmemorativos del Bicentenario de la República de Chile, el historiador Mario Garcés Durán propone el estudio y la reflexión sobre este período de la historia del país, particularmente lo relacionado con el devenir de los movimientos sociales y su lucha por la democratización y la justicia social.

Mario Garcés es Doctor en Historia de la Universidad Católica. Profesor de la Universidad de Santiago de Chile. Dirige la organización ECO Educación y Comunicaciones. Su trabajo profesional se orienta hacia los movimientos sociales, la memoria histórica y la historia de Chile y América. Ha escrito, entre otros, los libros El golpe en La Legua. Los caminos de la historia y la memoria (2005); Democracia y ciudadanía en el Mercosur (2006); Para una historia de los Derechos Humanos en Chile. Historia de la Fundación de Ayuda Social a las Iglesias Cristianas, Fasic. (2005). Todos ellos publicados por Editorial LOM.


¿Ve usted algún sentido a la conmemoración del Bicentenario republicano?
“Tengo la sensación de que el Bicentenario no va a trascender mucho. Habrá actos oficiales, actos mediáticos, pero ya sabemos que estos no son capaces de producir sentido trascendente. Si hay espacio para pensar, es interesante poder pensar qué ha sido la historia de la clase popular en los últimos treinta, cuarenta años. Pensar cómo se revierten las grandes derrotas, y qué elementos nuevos pueden alimentar otros proyectos de asociación, de emancipación, de cambio, de sociabilidad, de cultura de nuestro pueblo. Porque claramente el pueblo es el gran ausente el Bicentenario, como lo fue en el Centenario”.

¿Hay algo más que compartan ambas épocas? “Se pueden hacer algunos puentes, pero tiendo a pensar que, de manera más profunda o estructural, estamos en un momento distinto. La semejanza quizá tiene que ver con el carácter del Estado, un Estado liberal, con un componente represivo importante. El famoso artículo de Recabarren “Balance de ricos y pobres a través de un siglo de vida republicana”, es un texto clave para entender esa etapa. Él llama la atención sobre las desigualdades y diferencias en el desarrollo entre la elite dominante y las clases populares. Es un llamado de atención que tiene un contenido, está asociado a la idea de la transformación de una situación que ya no se podía tolerar. El siglo moderno, social, que se abría en 1903 con la huelga marítima de Valparaíso, desde mi punto de vista se cerró el año 1973. Es un gran ciclo, un siglo XX corto, marcado por la expresión pública del descontento, la organización y las demandas populares el año 1903, y el año 1973 por la represión brutal, sistemática, de gran envergadura al movimiento popular que se había constituido a lo largo del siglo XX. Así, el Bicentenario nos sorprende en una situación tal vez de particular debilidad del movimiento popular en Chile, lo que no quiere decir inexistencia. ¿Cómo caracterizar esta situación, cómo explicarla? A raíz de tu invitación a sostener esta entrevista, he pensado plantear, de manera un poco provocativa, que la situación actual, desde el punto de vista de una posición política popular, tal vez está marcada por el impacto de dos derrotas: la del año 1973 y la del año 1986. La de la vía chilena al socialismo, y la salida revolucionaria de la dictadura de Pinochet. Ambas derrotas tienen algo en común: es la derrota de la revolución, que lo ha sido dos veces en los últimos cuarenta años en Chile.

Esta derrota es un dato duro, muy fuerte, que requiere de mucho análisis. Creo que parte de los problemas que enfrentan las organizaciones sociales hoy, y parcialmente las políticas, es que no se han generado las condiciones para procesar estas dos derrotas. En el análisis, en el procesamiento de las derrotas, existen grandes posibilidades de revertirlas. Pero si no se pasa por ese ejercicio duro, complejo, como dijo Benedetti: “Más que llorarse las mentiras, cantarse las verdades”. Si uno no se canta las verdades sobre su pasado, es muy difícil remontar una situación de dolor”.

Cantar las verdades


¿Y por dónde ve usted las verdades a cantarse? “Me parece que hay algunos temas que son medulares. Por ejemplo, la política siempre se pensó de cara al Estado, como la posibilidad de transformación del Estado. Y en todos los casos esa alternativa fue derrotada, habiendo alcanzado desarrollos inéditos para América Latina. Pensar que el socialismo se podía conseguir por vía democrática, institucional, etcétera, es una proposición muy potente y probablemente la mayor o una de las mayores originalidades del movimiento popular chileno. Sin embargo esa opción, al fijarse en el Estado, encapsulada, atrapada en el Estado, inhibe sus propias posibilidades de desarrollo, impide que el propio pueblo modifique ese Estado. Y finalmente ese Estado al cual se apelaba es destruido por la derecha. Ese Estado democrático, que afanosamente se había construido entre el año treinta y el año setenta, es destruido por la propia derecha, y deja sin piso, sin soporte a la acción política popular. El golpe no sólo destruye la organización popular, sino que destruye también la democracia, o lo que se había alcanzado como democracia en Chile. Y eso se consigue por la vía de la represión y del control y la transformación del Estado.

Entonces el tema está en que enfrentar este problema implicaba un mayor desarrollo de las propias capacidades de poder de las clases populares, o de un desarrollo de un nuevo tipo de relaciones de poder, incluso de una nueva institucionalidad, probablemente, que emergía del campo popular. Tal vez se hubiera requerido mayor negociación, es posible, no lo sé, –siempre un segmento de la Izquierda va a decir que esto fracasó porque no hubo negociación-, pero el problema no es sólo la negociación en sí misma, sino qué quieres negociar, y lo que la Izquierda parlamentaria chilena siempre buscó negociar fue cuotas de poder en el Estado, cuotas de transformación del Estado. Creo que una revolución siempre implica otra cosa: relaciones de poder donde las clases populares tienen efectivamente una posición mucho más relevante, protagónica. A propósito del Estado, hay un segundo problema importante, que tiene que ver con las concepciones de la política. La política chilena, de alguna manera, fue Estado-céntrica, e incluso fue liberal también desde los partidos populares, porque pensó que ganando cuotas en el Estado y mejorando las formas de representación en él transformaba la sociedad. Pero la sociedad siempre es más ancha que el Estado, y la principal transformación siempre es en la sociedad civil. Las capacidades en que se modifican las relaciones sociales fundamentales. Ese es el campo revolucionario por excelencia. El Estado es casi secundario en este sentido”.

Asimetría entre la Izquierda y la sociedad popular


“Creo que la Izquierda chilena nunca aprendió a crear y sostener una relación más simétrica con la sociedad popular. Siempre predominó la idea del partido, de la vanguardia, la idea de la representación, la idea de la construcción, la idea de la claridad, del conocimiento del sentido de la historia, de las leyes de la historia, en fin, toda esa literatura y toda esa ideología que finalmente fracasó. Que fracasó el 73 y volvió a fracasar el 86 –‘el año decisivo’ para el derrocamiento de la dictadura-, porque en 1986 tampoco la Izquierda hizo un aprendizaje de cómo el pueblo se reorganizó en dictadura. Más bien puso al pueblo ante la exigencia de que ahora sí la revolución era posible. Y cuando la revolución no fue posible, no queda nada. Porque incluso la vieja capacidad negociadora de la Izquierda no habría sido malo en los ochenta que operara al interior de la Concertación, con algún tipo de pacto. Por ejemplo, la demanda de una Asamblea Constituyente probablemente habría tenido un componente revolucionario extraordinario, si hubiese sido fruto de un pacto gestado entre las diferentes fuerzas políticas a mediados de los ochenta, más que plantear la revolución en un sentido clásico. Y es que, como decía hace un rato, creo que hay diversos problemas que tienen que ver con las tradiciones de la Izquierda: Estado-céntrica, liberal, que se autoproclama como demiurgo de la historia, hacedora de la historia, a nombre de lo popular, cuando en realidad una revolución es inevitablemente una transformación en la sociedad civil. En este sentido digo: sí, en Chile la revolución ha fracasado, porque ha sido pensada de cara al Estado. Pero tal vez hay una revolución que no ha fracasado, y es la que imaginó en su primera etapa el movimiento popular a principios del siglo XX, que pensaba, con Recabarren, con la FOCH, que si la clase popular no era fuerte, despertaba, se organizaba y procesaba su propia cultura, no habría revolución. Y tenían razón. De hecho ellos ganaron posición en el Estado, ganaron posición política cuando se hicieron fuertes, cuando fueron capaces de expresarse, organizarse, confiar en sí mismos, pensar sus problemas, educarse, acceder a la música, al teatro, a la literatura. Fue en ese proceso que se gestó la clase popular como clase política, o sujeto político. La carencia de hoy es que no tenemos una clase popular constituida como sujeto político, ni siquiera en vías de constitución como sujeto político. Esto es parte de nuestra mayor dificultad.

Por eso el Bicentenario nos sorprende en una situación de tanta debilidad. Incluso, dialécticamente podríamos decir que, en comparación con el año 1910, probablemente hoy la clase dominante es más poderosa. Vive una coyuntura expansiva, de transformación, de capacidad de dirección de la sociedad, de capacidad de generar adhesión en la sociedad, en fin, de elegir a Piñera después de veinte años de Concertación.

Hay muy poca capacidad de contra-hegemonía frente al modelo dominante hoy en Chile, y creo que incluso desde el punto de vista social, -y esto vale para los intelectuales, los académicos-, sabemos poco de la sociedad en que vivimos, no terminamos de conocerla, y tienen que venir fenómenos tan brutales como el terremoto para que emerjan algunos rasgos”.

En las derrotas de 1973 y 1986, ¿cómo ve la relación partidos de Izquierda movimientos sociales y movimiento popular?


“En rigor, ambos fracasos son el fracaso de los partidos. La noción de partido popular requiere ser elaborada. Por lo tanto hay que pensar en un partido educador, participativo, democrático, de asamblea.


Pero, tanto o más que pensar un nuevo partido, hay que pensar en otras diversas formas en que se puede expresar la política popular y la política en general. Por lo tanto participar de una concepción más amplia de la política. Porque, como decía Antonio Gramsci, un periódico, una revista puede hacer tanto o más política que un partido. Ciertos liderazgos, formas de participación, de organización comunitaria, tienen un valor político enorme. Nosotros necesitamos de partidos, de intelectuales, de dirigentes que se abran a la posibilidad de reconocer que lo público se constituye de distinta manera, tiene distintos derroteros para su constitución.
Tal vez lo que es menos importante es arrogarse la representación de lo público, que probablemente mata la participación.

El esfuerzo tendría que ser estimular y valorar esas distintas formas de organización, porque eso nos permitiría afrontar temas que la Izquierda nunca enfrentó seriamente.
Por ejemplo, un aprendizaje muy relevante de los años sesenta, pero particularmente de los años de dictadura, fines de los setenta y principios de los ochenta, tiene que ver con el desarrollo de las organizaciones territoriales. Primero fueron los comités sin casa, o las juntas de vecinos y los centros de madres, en otra etapa fueron comedores populares, organizaciones para comprar juntos, grupos culturales, etcétera. Esas son experiencias de organizaciones y de democracia potentísimas, de gran valor, que tendrían que ayudar a pensar en formas de democracia local, de democracia territorial. Nosotros casi nunca hemos pensado la democracia territorial. Pensar que la democracia no es un problema que se resuelve en La Moneda o en el Parlamento, sino que se resuelve en los municipios, y en los barrios. Ahí puede tomar forma la democracia, con instituciones que aseguren participación como cabildos, presupuestos participativos, definición de políticas públicas en educación, en salud, trazado urbano, transporte público. Es decir, una sociedad capaz de hacerse cargo de sus necesidades y sus dinámicas más inmediatas. Eso tendría que fundar una política popular, no podría no hacerlo.

Sin embargo, cuando uno está pensando en la revolución, está pensando que aquellas tareas van a venir después, casi por añadidura. Se cree que una vez que nos tomemos el poder vamos a realizar todas las maravillas que hemos soñado respecto a la sociedad, y eso es mentira. O la sociedad genera capacidades de transformación que van teniendo expresión hoy día, y por eso es que es posible una revolución, o sino no hay revolución posible. Habrá revoluciones desde arriba, elitistas, pero no populares.